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Plaza Independencia, la del centro

Cuando se está rodeado de tanta belleza artística, lo habitual es acostumbrarse a ella y terminar por olvidar de mirar, algo así como aquel soldado italiano que había hecho su servicio militar en Florencia y solamente luego de muchos años y a la distancia supo que había convivido entre los tesoros más caros a la humanidad y no lo sabía o de aquellos náufragos que sedientos clamaban por agua y estaban navegando en agua dulce.

Nuestra ciudad puede estar orgullosa de su Plaza Independencia que armoniza perfectamente con los edificios neoclásicos que la rodean.

Remodelada en la época en que París era el punto de referencia para la dirigencia política argentina, sus hermosas estatuas, la fuente de agua y sus amplios espacios circulares sombreados, sus veredas rectas llenas de luz, entrecruzadas por arcos arbolados que dan la intimidad juvenil de sus frondosos tilos, tienen muchísima reminiscencias del Parque de Luxemburgo parisino.

Su estilo arquitectónico está muy distante de la sobriedad y racionalidad de la Plaza de Azul, de la que hablaremos un día..

El ritmo de vida exigido por la vida y sus urgencias, roban nuestra mirada y nuestra capacidad de contemplar y maravillarse: los adultos pasan presurosos, los niños ya no juegan en sus espacios libres, los jubilados pocos son los que se sientan en sus bancos. Solo los adolescentes y jóvenes se preocupan de ella, los unos para reflejar su filosofía de vida estampada en los graffitis sobre las estatuas, los otros, más románticos y serenos disputando espacios con los pájaros del atardecer para entregarse a inocentes juegos de un atrevido cupido . Todo bajo la mirada hierática de la Patria, desde la cima de la pirámide, lanza enhiesta y escudo en mano, como diosa de una religión sin credo, que la ha consagrado. En su más de ciento veinte años de existencia, cuánta gente vió pasar a sus pies, donde no faltó un anciano clérigo que corto de vista, la confundiera con una imagen santa y descubriéndose, la saludara con la señal de la cruz.

Y es desde esta histórica pirámide, no tan rica de recuerdos como su hermana mayor de la Plaza de Mayo que deseamos hacer un recorrido contemplando las estatuas revestidas de pátina dorada.

Dichas estatuas fueron traídas a nuestras ciudad por ese gran mecenas de refinado gusto artístico, el entonces Intendente de Tandil, Don Antonio Santamarina (1913-1917) en ocasión de la ampliación y remodelación de la Plaza principal e inauguración del nuevo edificio de la Escuela Manuel Belgrano (1914). Ellas forman un armonioso conjunto con las iluminarias y la fuente de agua, sostenida por angelotes abrazando frutos de la tierra, esculpidos en mármol.

Su estilo arquitectónico responde a la segunda etapa de la era industrial europea y estadounidense, hacia fines del siglo XIX, cuando las grandes estaciones ferroviarias, los enormes palacios y salones de exposiciones universales y la urgencia de las modernizaciones de Plazas y Paseos, exigían aceleradamente gran cantidad de obras de arte para instalar al aire libre.

Así como el arte sulpiciano ( Barrio de San Sulpicio – París 1830) habían comenzado pocos decenios antes con la fabricación en serie de las imágenes religiosas en yeso, las grandes fundiciones de acero, harían lo propio con las estatuas a fin de dar respuesta a la demanda del mercado.

El romanticismo reinante incidirá directamente en la temática de la escultura, en el retorno a las obras clásicas de origen greco- romanas.

Las estatuas del centro

Hay en nuestra plaza siete imágenes alegóricas: cinco de ellas sin lugar a duda, de idéntica inspiración, otras dos poseen remarcadas diferencias y son las únicas que están firmadas . Todas fueron fundidas en la Fonderie du Val d’Osne, del Bd. Voltaire 53, de la ciudad de París, como las identifica las placas ubicadas en la base de cada una de ellas. Un dato interesante, las tierras de las colinas que rodean la Ciudad Luz, son de similares características a las tierras altas de nuestra Villa Italia, lo que diera origen a una floreciente industria de fundición gris, moldeada en tierra y de grano fino.

Las cuatro estatuas que rodean la pirámide no representarían las cuatro estaciones, error éste, de apreciación y que se viene repitiendo desde hace décadas y de la que personalmente en un momento me hiciera eco.

Una mirada atenta, acompañada de la lectura e interpretación de los símbolos que la acompañan, me permitirían afirmar, con cierta certeza lo siguiente:

Observando la pirámide central, de espaldas al templo, la primera a la derecha, sería la figura alegórica de la Fidelidad. A su izquierda y como apoyándose en el cuerpo de la misma estatua, descubrimos un pequeño galgo, símbolo de la fidelidad femenina y una guirnalda de hojas de hiedra, que recuerdan lo eterno.

Avanzando y girando en sentido contrario de las agujas del reloj, distinguimos la estatua alegó-rica de la Juventud. Coronada de rosas y flores, que caen hacia adelante en forma de floridas y onduladas trenzas, sostiene en su mano la copa de la felicidad (o del saber) . El simbolismo alegórico juvenil de esta estatua ya fue motivo de polémica, hace más de medio siglo, cuando el 21 de septiembre de 1947, el Club Federativo de Estudiantes, descubriera en su basamento, una placa " En memoria de todos los estudiantes fallecidos", como reza el misma bronce .

Siguiendo en el mismo sentido, la tercera estatua representaría el triunfo de la Justicia con sus atributos: la espada, y la balanza reco-gida con sus dos platos apoyados sobre su pecho.

La cuarta, simbolizaría el Invierno y es sin lugar a dudas la de mayor valor artístico. Representa a una mujer, cubierto su rostro con un velo de luto, expresando tristeza y soledad. Observando con especial atención, descubrimos que sus pies se apoyan sobre una alfombra de hielo que cae a sus costados, conformando estalactitas. Una recipiente ubicado en la parte posterior, contiene ramas secas con piñas y trozos de leño, elementos éstos íntimamente ligados a la rigurosa estación.

Su gran valor artístico dimana que de todas las allí instaladas , es la única que lleva la firma y data: E. Lesquene 1863.

Eugenio Luis Lequesne (1815-1887) célebre escultor francés nacido en París , quien después de haberse graduado de Abogado, abandona sus profesión y se entrega de lleno al arte, teniendo como maestro a Le Pradier, autor del Mausoleo de Napoleón Bonaparte en Los Inválidos (París) , del que se inspirará luego Carrier Belleuse para construir el del Gral. San Martín, ubicado en la catedral de Buenos Aires. (1878).

Por pedido de Le Pradier, E. Lequesme termina Las Victorias de Napoleón ubicadas en la misma tumba (1877).En nuestra estatua alegórica del Invierno, Lequesne dejó impreso el logos de la diosa Victoria: La divinidad de pie, dominando un león coronado de laureles. Está firmada pero no numerada. Como dato ilustrativo, para reconocer el valor de una obra fundida en metal, se debe reconocer su numeración al pie o junto a la firma.

Las que llevaren la numeración de uno a cincuenta, se consideran originales, las demás son meras copias. Para obras de gran importancia – fuentes o monumentos, se consideran auténticas la original y una sola copia. V. gr. las dos fuentes de agua, gemelas, ubicadas en la avenida 9 de Julio de Capital Federal.

Otra estatua femenina hermosísima y llena de vigor, es la que se encuentra de espalda a la calle Chacabuco , en el mismo eje central hacia el oeste y a la altura del ex Banco Hipotecario. Es una obra muy original, titulada : L’Herbe d’eau", ( La hierba del agua") . Una mujer con un cántaro que vierte agua, está coronada de hojas alargadas y a sus espaldas surgen abundantes hojas, de la misma especie . Se destaca claramente la firma de su autor Sauvegeau y datada en 1862, autor francés desconocido .

Volviendo sobre nuestros pasos, hacia la calle Gral. Rodríguez por la senda del centro y como cortando el paso, una hermosísima copia de Luchadores, obra greco-romana de Lesipo, (Ateniense - siglo IV a.c.) cuyo original se conserva en la Galería de los Oficios de Florencia . Hay varias del mismo estilo en el Museo Capitolino de Roma.

Ya mirando la fuente y hacia la izquierda, una inconfundible Ceres, con su hoz y gavilla de trigo en las manos. Era la divinidad protectora de las cosechas y origen de la palabra cereales. No podemos de olvidar algo muy típico de nuestra plaza: los perros de raza pointer o de caza, de los que son muy amantes los franceses, algunos leones erguidos o echados y que han resistido el desgaste del tiempo y el ataque de la barbarie o la codicia humana, ellos también provienen de la misma fundición.

En cuanto a las dos estatuas ubicadas sobre el veredón de espalda a la Escuela Manuel Belgrano Nº 1, representan la escritura (el niño) - y la lectura (la niña) , disciplinas básicas para la alfabetización del Pueblo, imágenes que proliferaban en los textos escolares de fines y principios de siglo. Tienen igual procedencia francesa. Nuestra visita podría ampliarse a la Plaza Moreno y la entrada del Parque, algunos de los temas griegos allí se repiten. Desgraciadamente la fragilidad del material empleado y la incultura de la gente ha mutilado a varias de ellas".

por Hermano Adelsio Delfabro

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